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Opinión

La debacle de AMLO y de Morena

A David Páramo, esperándolo para seguirle

Estoy convencido de que en el 2006 Felipe Calderón no ganó la presidencia de la República.  No avalo con ello la absurda teoría nunca probada del fraude electoral: en realidad, esos comicios los perdió Andrés Manuel López Obrador por sentirse anticipadamente ganador y por soberbio.

Justamente esa soberbia lo cegó para no amarrar alianzas políticas que hubieran asegurado su inminente triunfo hace 15 años.  Podríamos decir que eran las mismas alianzas -algunas perversas- que sí operó en 2018 y que lo ayudaron a llegar a Palacio Nacional incluso con un amplio margen de legitimidad democrática.

En 2006 el país se partió en dos.  A López Obrador le tocaba, ya en la Presidencia y tres lustros después, unirlo, zurcirlo, pegarlo de nuevo. Tenía muchísimo margen de apoyo social para hacerlo, pero decidió poner por delante su propio resentimiento político producto de años de batalla ciertamente cruenta y se encaminó a la venganza, al revanchismo, al voluntarismo de quien se sabe poderoso pero también de quien piensa que los que no compartimos su visión de México es que estamos en su contra.

Es cierto que sus críticos no hemos dejado de serlo, pero habríamos reconocido señales de un presidente incluyente y tolerante, que nunca llegaron.  Por el contrario, AMLO se dijo desde el principio de su gobierno víctima de conspiraciones en su contra, de señalamientos malintencionados de la opinión pública, de la eterna mafia del poder y hasta de la pandemia, cuyo desastroso manejo es plenamente responsabilidad de él mismo, como lo es la inseguridad incontrolable y la recesión económica.

Casi tres años después de su triunfo electoral, con un gobierno fallido que fracasó en lo elemental incluso antes del desastre sanitario, tenemos un mandatario que rompe a México ya no en dos, sino en mil pedazos.

Algo ve el avezado político tabasqueño que a pesar de tener números muy aceptables de popularidad, mantiene e intensifica una peligrosa estrategia de polarización y confrontación propia de un autócrata que no gusta de contrapesos porque prefiere poderes e instituciones a modo de un dictador en ciernes.

No es exagerado afirmar lo anterior cuando el jefe del Estado mexicano amenaza públicamente a legisladores y jueces, y arremete contra organismos autónomos creados justamente para lograr equilibrios de poder o contra periodistas críticos del régimen.

Los signos autoritarios de quien crucifica o pontifica según sea el caso desde la tribuna sumaria del Salón Tesorería deben señalarse, porque nuestro futuro depende de que no se termine de consolidar un poder único y absoluto.

Los señalamientos contra autoridades electorales me hacen pensar en la posibilidad real de que la mal llamada Cuarta Transformación pierda posiciones legislativas en las elecciones intermedias del 6 de junio próximo.  Por eso, el presidente de la República reedita su discurso de eterno opositor víctima de fraudes a quién achacar sus eventuales derrotas.

Él no estará en la boleta, pero todos los días hace campaña por su partido Morena.  Y me temo que éste último y el propio AMLO están en claro debacle de desencanto y temor por un gobierno que no ha cumplido absolutamente nada de lo que prometió, ni siquiera el compromiso de no llevar adelante una política similar a la que destruyó Venezuela.

Con los resultados de la elección, veremos en unas cuantas semanas qué tan pronunciada es esa debacle, que no le arrebatará el poder, pero sí podrá enviar claras señales de que los mexicanos no estamos dispuestos a regresar a esquemas políticos y económicos cuya erradicación nos costó tanto tiempo y esfuerzo.

Por Alejandro Rodríguez Cortés. Periodista, comunicador y publirrelacionista @AlexRdgz

Opinión

Morena: malos perdedores

La actuación política del partido Morena es tan sui géneris que aún declarándose vencedores de la contienda electoral son muy malos perdedores.

Por

Por Alejandro Rodríguez Cortés * @AlexRdgz

La actuación política del partido Morena es tan sui géneris que aún declarándose vencedores de la contienda electoral son muy malos perdedores.

A la esquizofrénica arenga de que arrasaron con el voto nacional hecha la misma noche del domingo 6 de junio por el penoso líder morenista Mario Delgado, siguió una semana completa de declaraciones presidenciales mañaneras explicándole a su pueblo por qué ganaron y por qué “no perdieron”.

Vaya, Andrés Manuel López Obrador incluso llegó a decir que las elecciones fueron limpias (que sí lo fueron), a pesar de que pasó semanas previas descalificando al Instituto Nacional Electoral y sugiriendo que si los resultados no le favorecían sería consecuencia de irregularidades.  Presumió pues, que no hubo fraude cuando él fue el único que habló de él desde antes de la elección.

Tuvo razón el mandatario cuando dijo que tendrán mayoría simple en la Cámara de Diputados, pero mintió cuando dijo que nunca habían tenido mayoría calificada, todo para no reconocer simplemente que la perdieron.  Acertó con las cuentas de la mayoría de gubernaturas obtenidas por Morena en las 15 entidades donde se renovará el poder Ejecutivo Estatal, pero se atoró cuando no tuvo más remedio que tratar de justificar la tunda que se llevó el partido oficial en la ciudad de México, su bastión más preciado y el trampolín político de su favorita para sucederlo. 

Los votos a favor fueron, a decir de López Obrador, objetivos, sensatos y patrióticos; los sufragios en contra, producto de manipulaciones perversas, campañas mafiosas y traiciones a la Patria.  Más allá de eso, solo los pobres captan el verdadero sentido de la democracia, y los niveles sociales de más ingresos simplemente pecan por sujetar el sentido de su voto a la aspiración de buscar mejores condiciones de vida propias y para el país. “Mejor jodidos y asistidos por el gobierno que prósperos y contribuyentes”.

Ganaron, pues, pero son malos perdedores porque no soportan que parte de la población de ingresos medios, con niveles altos de escolaridad e implacables críticos de administraciones pasadas, ya no cayeron en el engaño y retiraron el beneficio de la duda que hizo ganar a AMLO en el 2018.

El presidente de la República es un déspota que se disfraza de demócrata.  Jamás ha aceptado una derrota en su vida y -paradójicamente- no lo hace tampoco cuando grita desesperado que es el ganador absoluto y no lo es.  Prefiere descalificar en vez de avalar un proceso impecable en lo democrático.  Y felicita a los criminales por “haberse portado bien” en vez de reconocer el fracaso monumental de su política de seguridad pública.

Esa actitud permea hacia abajo, en su pirámide doctrinaria conformada por lambiscones sin pudor.

Es mala perdedora la jefa de gobierno Claudia Sheinbaum al simplemente repetir las peroratas mañaneras de su patrón: “perdimos por culpa de los medios de comunicación y de los fifís”.

Es mal perdedor el predicador Epigmenio Ibarra, que alega otra vez un fraude inexistente porque no soporta que Margarita Zavala, solo por ser esposa de su enemigo por consigna, haya ganado en su distrito.  Lo es también el “ideólogo de izquierda” Javier Hidalgo, quien no soporta los 20 puntos que le asestaron en su humillante derrota frente a la exprimera dama.

No sabe perder la impresentable Dolores Padierna, a quien vemos en un video deleznable donde se dice víctima de lo que ella y su marido René Bejarano han hecho toda la vida: coptar, amedrentar y chantajear a cambio de favores políticos.

Tampoco es buen perdedor el soberbio alcalde de Miguel Hidalgo, Víctor Romo, carente de la más mínima dignidad al no regresar a concluir su periodo constitucional para el que fue elegido.   Cobarde, pues, el señor.

Todas estas muestras de falta de gallardía por parte de quienes se dicen vencedores, confirman que nuestra democracia goza de cabal salud, porque así como México  tomó un rumbo ominoso  por la vía electoral, la corrección empieza a llegar por ese mismo camino: el del voto libre. 

*Periodista, comunicador y publirrelacionista

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Opinión

A votar

Hoy, millones de mexicanos definiremos civilizadamente y por la vía del sufragio el rumbo de nuestra Nación.

Por

Hoy, millones de mexicanos definiremos civilizadamente y por la vía del sufragio el rumbo de nuestra Nación.

Por Alejandro Rodríguez Cortés*

@AlexRdgz

Llegó el día. Hoy, millones de mexicanos definiremos civilizadamente y por la vía del sufragio el rumbo de nuestra Nación. Eso es votar, pero también es defender nuestra institucionalidad y la democracia misma: un virtuoso derecho y una grave obligación.

No recuerdo una elección intermedia que haya causado tanta expectación e interés; tampoco había percibido en un proceso comicial donde no se elige al presidente de la República, la seguridad generalizada de que el voto sirve para definir nuestro destino, aunque haya todavía quien quiera despertar los fantasmas del fraude electoral y de la desidia democrática.

Estamos ante una elección dicotómica: hay esperanzas por un cambio pero también voluntades de continuidad; es una suerte de referéndum de “sí o no”, cuyo resultado debe ser respetado porque será avalado por la razón de la mayoría y por la gestión patriótica de mexicanos comunes y corrientes que dedican este domingo completo a recibir y contar el sufragio de sus conciudadanos.

Qué bueno que ello forme parte de nuestra normalidad.  Pero no por ello hay que olvidar lo que costó históricamente, ni mucho menos dejar de estar atentos para defenderla.

Las gestas democráticas del siglo XX, la represión de 1968, la reforma política de 1976, la transición de 1997, la alternancia del 2000, 2012 y 2018 deben siempre estar presentes, porque no hacerlo sería negar lo presente y arriesgar el futuro.  La democracia mexicana es perfectible, pero ello no debe ser pretexto para denostarla y mucho menos buscar desaparecerla.

Por eso, salir hoy a votar es mucho más que elegir representantes y autoridades.  Es gritarle al mundo que, con toda su complejidad, el sistema mexicano funciona y nos permite definir nuestro rumbo de país.

Frente a la urna, tomaremos decisiones y definiremos dirección.

A la mitad de un gobierno que reniega las virtudes de las instituciones del Estado mexicano que le permitieron acceder al poder, llegamos a la cita histórica prestos a levantar nuestra voz, a expresar nuestra voluntad y a aceptar lo que resulte.  Al hacerlo, estaremos garantizando que vuelva a ocurrir lo que ha costado tanto trabajo e incontables recursos. 

Celebremos con alegría esta fiesta cívica. Acudamos en paz a la casilla que nos corresponda y sintámonos orgullosos de ello.

Votemos por quienes creamos que son las mejores opciones del futuro inmediato.  Y hagámoslo seguros de que importa, y mucho.

Cerremos el paso a la perversa narrativa de que el árbitro electoral es omiso, ineficaz o parcial, porque no lo es.  Si lo fuera, simplemente no habríamos llegado a este día ni tendríamos la oportunidad de decidir entre las 2 claras opciones que tenemos por delante.

Suerte México. Viva el Instituto Nacional Electoral y la democracia. Y gracias al millón 400 mil personas que hoy nos hacen creer nuevamente que vale la pena tenernos confianza, a menudo roída por los políticos y los partidos a quienes les gusta más el poder en sí mismo que el bien común.

A votar, pues.

*Periodista, comunicador y publirrelacionista

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Opinión

AMLO le da la razón a Peña Nieto

La nostalgia presidencial parece darle la razón a Enrique Peña Nieto, quien también planteó al petróleo como un gran negocio…

Por

La nostalgia presidencial parece darle la razón a Enrique Peña Nieto, quien también planteó al petróleo como un gran negocio…

Por Alejandro Rodríguez Cortés* @AlexRdg

México compró la refinería más grande de Estados Unidos.  Para justificar la operación, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que el petróleo “es el mejor negocio del mundo”.

Puede ser que lo sea, depende del color del cristal con que se mire.  Sin duda lo es si se ve desde la óptica de extraer hidrocarburos del subsuelo al mejor costo posible y venderlo en un mercado con precios altos; pero ante la transición energética, es obvio que la refinación ya no será rentable en el mediano plazo (en México ya no lo es desde hace años por una combinación de instalaciones obsoletas y petróleo cada vez más pesado).

El presidente de la República vivió en su niñez y juventud el sueño petrolero de los años setenta, y el acompañamiento ideológico de que los recursos no renovables son de los mexicanos y representan lo más puro e irrefutable de nuestra “soberanía”.  Esto cambió con la apertura comercial y la globalización de la economía que López Obrador desprecia y etiqueta como “el periodo neoliberal que privatizó los bienes nacionales”.

La nostalgia presidencial, sin embargo, parece darle la razón a Enrique Peña Nieto, quien también planteó al petróleo como un gran negocio, de ahí su reforma energética.  La diferencia es que el antecesor de AMLO planteó un esquema de compartir riesgos y dividir ganancias con inversores privados, estrategia correcta ante un Pemex quebrado y sin posibilidades de canalizar recursos propios a la producción  y refinación.

Básicamente ambas visiones están de acuerdo.  El problema es que la apertura energética, los socios nacionales y extranjeros, las rondas de subastas de exploración y explotación, los “farmouts” daban viabilidad al negocio, siempre con márgenes más que razonables para el Estado mexicano.

El atavismo ideológico es el problema: “Pemex tiene que extraer su propio petróleo” y, mucho más que eso, “debe refinarlo para producir los combustibles que necesitamos para satisfacer única y exclusivamente la demanda interna”.

Ahí es cuando un buen negocio se derrumba y se encamina a acentuar la quiebra de Pemex, empresa estatal agobiada por una deuda de más de 100 mil millones de dólares y pérdidas financieras consuetudinarias durante los últimos años.

En todo caso, Andrés Manuel López Obrador coincide con Peña Nieto.  La misma mano de póker, pero distinta estrategia de juego:  el neoliberal priísta quería hacer crecer el gran negocio, aunque con socios; el demagogo estatista ve la misma oportunidad, pero quiere volver a un modelo agotado y le mete dinero bueno al malo.

Aquí una de las razones por las que el semanario The Economist llama al mandatario mexicano “el falso mesías”.  Habrá quien le crea que Pemex nos sacará adelante, pero eso es un engaño de quien también prometió crecimiento económico, salud y medicamentos para todos, seguridad pública y “abrazos, no balazos”. Nos promete redención (es un mesías) y nos engaña simplemente porque eso no será posible.

La apuesta de Palacio Nacional por la refinería Deer Park bien podría haberse hecho en el periodo neoliberal:  garantizar la comercialización de nuestro petróleo en un mercado complicado.  La diferencia es que vamos solos, más solos que nunca.

Y al final del juego, la realidad también le dará la razón al defenestrado (aunque indefendible) Enrique Peña Nieto:  México seguirá importando gasolina y diessel, aunque se lo “compre” a sí mismo.

*Periodista, comunicador y publirrelacionista

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COVID-19

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